sábado, 3 de mayo de 2014

Spleen de Paris

Sí pienso en lugar ideal no puedo decir que aquella habitación con un camastro, una mesa y un armario neandertal fueran lo que por ideal y lugar se piensa. Luz, si, por la ventana durante el día y si las nubes cubrían el cielo como ocurre con frecuencia en París en otoño, un plato de metal lacado protegiendo a una bombilla. Lo veo como si fuera hoy mismo, de tanto  estar tumbado mirando al techo.
Y sigamos: el suelo de madera barrida o fregada una vez al mes por la señora que era la dueña: pelo de plata, melena rala, la Saporita. La mesa, pegada a la pared, la idea de mesa según Platón, la mesidad a cuatro patas, con un hule de flores color sepia y naranja, porque a Saporita le encantaba el sur, decía, y para sentarme, una silla. ¡Ah! Y en la pared un aparador de madera con un trozo de hule, sabor mediterráneo,  como la mesa, desde donde mis pocos libros predicaban. Entre ellos  el poemario "Splin de París" de Baudelaire cuya amargura he olvidado, y ahora me da palmaditas en el hombro del recuerdo de este hombre solitario.
El camastro, una placenta de sábanas grisáceas con huellas de sueños húmedos y mantas, dos, siempre enredadas. Un cenicero, hoy en la mesa, hoy por el suelo y cigarrillos Gauloises, siempre humeantes. No había confusión, solo simpleza, de simple, de poca cosa, que aún leyendo a Freud, a Marx o una amezcla de los dos, yo no entendía. Me "rovinava la testa" que dicen en Italia , y no había manera. Aunque por poco dinero, Saporita o la vida me estafaban.
Había otros jolgorios, el metro, por ejemplo a la hora punta; hasta la Porte d’Italie entre empujones.
Pero, ahora, que esa cosa que llamamos tiempo es un tirabuzón enredado en mi existencia, vuelvo a la rue des Rosiers entre memorias, me tumbo en el camastro, boca arriba y oigo placenteramente el murmullo de la judería parisina, huelo el perfume, porque en la memoria no hay malos olores, solo, clavo, falafel,  olivas o " la couisine de Dvora"  ,el restaurante que años más tarde reventaron unos militantes de la causa Palestina. Veo las dos hermanas sefardíes, sonrientes, tan dulces, en la ventana de enfrente  y oigo a Saporita decirme: " Las judías con judíos.  No hay nada que hacer, no las molestes". Y hasta en ella pienso y me gustaría volver a verla. La última vez que visité Paris busqué confundido la casa, pero no la encontré, y menos aun la ventana.
Los amigos, las amigas, las largas discusiones sobre el amor y la guerra, Jacques Brel, Leornard Cohen y las manifestaciones contra la guerra de Vietnam.
Y de repente París sorprendió al mundo un mes de mayo que desde entonces se llamó del sesenta y ocho.

¿Por qué sí aquello era así cambia tanto, ahora, cubierto por la pátina de la nostalgia? Una y otra vez retorno a la sustancia de los sueños que es música y Chanel número cinco.
Creo que no existe un lugar ideal : Platón decía, creo, que no salimos jamás de la caverna.


2 comentarios :

  1. Es verdad, solo te ha faltado mencionar “la magdalena de Proust” me ha gustado porque huele a eso... a rico, París a mi no huele a Chanel nº 5 huele a croissant ;)

    Por cier, un día estuvo tu pobre hijo, con un dos res probando intentando comentar en mi blog, lo vi tarde pero le dije a Eva que te dijera que le escuché.. que la emisora de radio Pireanica emitió desde Edimburgo:-)

    U beso grande para los dos, cuatro:-)

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