domingo, 10 de julio de 2016

La herencia de mi abuela Julia


Sacó el mosquito del estuche para que me picara donde siempre.



Aunque suene extraño es lo que hizo mi abuela Julia en su lecho de muerte, antes de recibir los santos oleos.  Hizo un gesto para que aproximara el oído a sus labios, y me dijo con el tono de voz propio de los que dejan el mundo:“todo cuanto tengo va a ser tuyo, cuida bien del mosquito, y me puso un estuche Fabergé, ricamente decorado con brillantes sobre laqueadas miniaturas en el cuenco de la mano”.




Protegí el estuche y el mosquito como guardan la garganta los tenores, y cuando me di cuenta de que mi abuela andaba bajo tierra en busca de la eternidad, comencé a deambular por la casa, antigua, de techos altos, maderas crujientes y apolilladas procurando dar sentido a mi existencia.



Ocurrió que Mr. O’Donnell, un amigo de mi abuela, al que llamaba “El californio” porque su madre lo trajo al mundo en el paritorio de Alcatraz, y con el que se había estado carteando desde los diecinueve años, me expresó sus condolencias por email y me habló al mismo tiempo de las investigaciones que realizaba en un instituto de entomología, dedicando las veinticuatro horas de sus días al estudio de los mosquitos.

Me decía en el email que mi abuela le había hablado de la peculiaridad de la herencia que me otorgaba.

Sin más dilación pasó a contarme que él investigabala naturaleza del mosquito, el desarrollo de su vida, del huevo, de la larva, la crisálida y el díptero adulto. Me decía que las hembras son hematófagas y que los machos, sin embargo, no. Que tras minuciosas observaciones a través del microscopio y en cautividad, pudo publicar en la revista Nature un artículo aseverando que los mosquitos grúa o gigantes eran bisexuales, conducta a la que se veían avocados en situaciones extremas de sequía como por ejemplo en el desierto de Mojave, y que lograban ovular entre machos porque llegaban a extremos de transexualidad unívoca.


La cantidad de información sobre el comportamiento sexual de los mosquitos contenida en el email de Mr.O’Donnell llegó a perturbarme y me puso en el brete de cuidar y vigilar con esmero al mosquito porque de algún modo me hizo creer que tenía un gran interés científico.

Aunque yo había oído hablar de homosexualidad, bisexualidad, transgénero y travestismo, todo esto eran a mi entender conceptos a los que nunca había prestado demasiada atención, así que me volqué en la Wikipedia y escarbé en los entresijos de lo que antaño llamábamos perversiones para estudiarlas en relación con el comportamiento de mi mosquito, pero poco a poco, según me adentraba en el conocimiento de las distintas practicas sexuales comencé a dudar de la ortodoxia de mi comportamiento.

Claro, yo había vivido tanto tiempo encerrado con mi abuela, solo con ella, que no hacía distingos a la hora de vestirme para deambular por la casa. ¿Seré travestí?, me pregunté; y aunque la única conducta no aplicable al mosquito era el travestismo , lo cual tiene cierta lógica, me dispuse a acudir a un buen psiquiatra.

Mr. O’Donnell me animo a visitar uno en EEUU, pero preferí un argentino instalado en Madrid pues creí necesario expresar la problemática de mi subconsciente en mi lengua madre.

El psiquiatra era freudiano y argumentaba sus análisis  en la mitología griega, con lo cual yo, no sé por qué, no lograba evacuar mis sentimientos de culpa y mi ego seguía encerrado en sus complejos,que como bien se sabe, producen temor y placer al mismo tiempo.

Después de varios meses de terapia psicoanalítica el doctor Marcussi me propuso someterme a unas sesiones de hipnosis.

En las primeras sesiones yo no pasaba de un letargo flotante obedeciendo las indicaciones del doctor; pero un día descendí a la fase REM, que según me dijo era lo más profundo de mi subconsciente, y le conté que todas las noches me levantaba después de las doce, me ponía una ropa interior de seda negra de mi abuela, es decir, una bragas y un sujetador y una faja de ballenas. Salía al balcón, recitaba una rima de Becquer y con las mismas me iba a la mesilla, abría el huevo de Fabergé donde descansaba el mosquito, lo colocaba en mi antebrazo y dejaba que me picara a placer.


Para el doctor Marcussi el resultado de la hipnosis no fue muy revelador, supo hacerme saber lo que de algún modo ya sabíamos, pero no las causas que lo motivaban.

Cuando le conté a Mr. O’Donnell, el amigo de mi abuela, los detalles de mi tratamiento hipnótico me dijo que ciertos mosquitos tienen el mismo ADN que los humanos, y que seguramente este de tanto picarme me había transmitido hormonas transexuales, quizás también bisexuales u homosexuales, eso tendría que observarlo con el paso de los años. Y que al haber vivido tanto tiempo solo con mi abuela, sin conocer hembra ni varón que me alegraran, y recibiendo miles de  picotazos del mosquito mi conducta había derivado hacia el travestismo. Ahora tienes dos opciones: la primera, seguir disfrazándote con la ropa de tu abuela por las noches y la otra,  matar al mosquito y someterte a una cura de desintoxicación guiada por expertos.


Miré al mosquito frente a frente y dejé queme picara donde siempre. 

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